lunes, 26 de marzo de 2012

Padampa Sanguie: Un mahasiddha indio en el Tibet

Mi más reciente descubrimiento de literatura budista ha sido un libro del místico y religioso indio Padampa Sanguie o Sangye, que propagó la enseñanza del budismo en Tibet y China durante los siglos XI y XII. De su biografía envuelta en la leyenda se puede cotejar que tuvo grandes maestros budistas y maestras dakinis, que abogó por una enseñanza particular para cada díscipulo concreto y que murió el año 1117 en la localidad tibetana de Dringui, en la que habitó los últimos años de su vida y donde dió a conocer el testamento espiritual que conforma este libro: Las Ochenta Instrucciones Orales o Testamento Espiritual en forma de Ochenta Consejos Todas las ordenes contemporáneas de budismo tibetano conservan enseñanzas transmitidas originalmente por Sangye, como por ejemplo en el linaje Cho de la yoguini Machik Labdron.

La publicación de este libro ha sido posible gracias a Editorial Dipankara (ISBN:978-84-939714-2-7). La introducción, traducción, notas y edición bilingue en sánscrito y español corren a cargo de Francesc Navarro i Fàbrega (con la revisión de M. Mercè Estevez). No puedo evitar decir que hace un trabajo notable en la introducción y el ensayo biográfico de Padampa Sangye, consiguiendo interesar muchisimo al lector en las distintas teorías históricas sobre este personaje. Seguramente la menos fantasiosa sea aquella en la que nace en el reino medieval de Palava de padre joyero y madre de la casta de productores de incienso. 

Para terminar varios versos de sus Ochenta Instrucciones:

La riqueza y las posesiones seducen y engañan como un espectáculo de magia; dingrinenses, que el nudo de la codicia no os ate (verso 6)

La confusión no es fundamental, sino pasajera; dingrinenses, observad el modo en que se produce (verso 12)

Los pensamientos discursivos aparecen como un ladrón en una casa vacía; dingrinenses, no hay nada que ganar ni nada que perder (verso 56)

Las nociones del mundo exterior derivan de la mente en el interior; dingrinenses, dejad que el hielo se convierta en agua (verso 72)

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