lunes, 1 de noviembre de 2010

Dogen y sus Instrucciones al Cocinero

La conocida anécdota del filósofo japonés y maestro zen Eihei Dogen (1200-1253) con dos cocineros chinos está extraída de su texto Instrucciones al cocinero de un monasterio zen (Tenzo Kyokun), recientemente editado en castellano y catalán en la colección Los Pequeños Libros de Sabiduría de José J. de Olañeta Editor.

Esta pequeña obra forma parte de su clásico Shobogenzo, y en ella el pensador y religioso nipón hace hincapie en que no existen trabajos indignos -como piensan pedantes o clasistas- y que toda labor encomendada puede ser una valiosa herramienta para la práctica espiritual y la concentración en el momento presente, evitando dispersarse en pensamientos que nos llevan al pasado y al futuro. 

En lo que respecta a la vida cotidiana, el Tenzo Kyokun es también una invitación a no teorizar y hacer lo que se tiene que hacer. En el caso del cocinero es un acto artístico de amor y dedicación hacia los monjes de su monasterio, de querer hacer las cosas sin desear recibir nada a cambio. Se puede cambiar cocinero por amigo, pareja, padre, hijo, cartero, dependienta, profesor, librero, recepcionista, etc... lo que abre un amplio abanico de interpretaciones al texto de Dogen. El reconocimiento del trabajo viene dado por uno mismo, no por personas o factores del exterior.

Ahora la experiencia del joven Dogen con los dos cocineros en su viaje a tierras chinas:

(...) Cuando estaba en China, durante mi estancia en el monasterio del monte T´ien T´ung, encontré a un monje llamado Yung. Originario de la región del mismo nombre, era el tenzo (cocinero) en este monasterio. Un día tras la comida, cuando me dirigía hacia el pabellón de reposo a través de la galería Este, lo vi secando champiñones frente a la Sala del Buda. Tenía una vara de bambú en las manos y no llevaba sombrero. El tórrido sol quemaba el suelo. Iba y venía chorreando sudor, volteando una y otra vez los champiñones con toda su alma. Era un trabajo ingrato y abrumador. Su espalda estaba tensa como un arco y sus blancas cejas parecían un penacho. Me acerque a él y le pregunte:

"¿Qué edad tenéis?".

"Sesenta y ocho años."

"¿Por qué no le pedís a un sirviente que haga esta tarea?"

"Porque aquello que hace otro no lo puedo hacer yo."

"Veo que os ceñís a la regla de los antiguos, pero ¿por qué hacer esta tarea bajo el ardiente sol?"

"¿Dejarlo para más tarde?, ¿para cuando?"

Ya no sabía qué más decirle. Continué mi camino a lo largo de la galería pensando en lo que acababa de decirme el cocinero. Sus palabras me habían tocado el punto sensible y, en el fondo, presentía el gran alcance de esta función.
 
Llegamos a China a mediados de abril de 1223, pero me quedé algún tiempo a bordo del barco en el puerto de Ch´ing Yüan. Un día, a principios de mayo, mientras conversaba con el capitán, se presentó un monje. Tenía unos sesenta años. El objeto de su misión era comprar champiñones directamente a los comerciantes japoneses que estaban a bordo. Le invité a tomar el té y le pregunté de donde venía. Me dijo que era el tenzo del monasterio del monte Ayüwang.

"Soy oriundo de la provincia de Szechwan, pero dejé mi pueblo hace cuarenta años y ahora tengo sesenta. Durante todos estos años, he viajado de un monasterio a otro, sin establecerme en ningún sitio hasta el año pasado cuando encontré a Koun Doken, el superior del templo Ku-yün del monte Ayüwang. Vine a visitarle y me quedé cerca de él, descubriendo que hasta ese momento no había hecho más que perder mi tiempo. Al final del Ango (retiro de verano) se me encomendó ser tenzo. Mañana celebramos el quinto día del quinto mes lunar y he visto que no tenía nada bueno para ofrecer de comida. He pensado en hacer una sopa de tallarines, pero no tenía champiñones. Por eso he venido aquí con propósito de comprarlos. Así podré hacer una ofrenda a todos los monjes de las diez direcciones."

"¿Cuándo salisteis del monasterio?"

"Esta tarde después de comer."

"¿A que distancia está el monte Ayüwang?"

"Quince o veinte kilómetros."

"¿Cuándo debéis partir?

"En cuanto haya comprado los champiñones."

"Nuestro encuentro de hoy en el barco se ha debido a circunstancias fortuitas que nos han permitido conversar un momento. ¿No es esto un presagio? Os lo ruego, permitidme invitaros a pasar la noche a bordo."

"Debo volver al monasterio para preparar la comida de mañana. No estaría bien si no vigilara yo mismo la cocina."

"¡En ese gran monasterio seguramente habrá alguien capaz de cocinar! Seguramente podran prescindir de un cocinero sin que haya un disgusto."

"Esta función ha sido confiada a este viejo. Digamos que es mi práctica de viejo. ¿Cómo podría delegar en otra persona? Por otro lado, no he pedido autorización para pasar la noche fuera del monasterio."

"Vuestra edad merece una consideración, ¿por qué no os consagráis solamente a la práctica de zazen o al estudio de las palabras de los antiguos maestros, en lugar de afanaros tanto como cocinero, sin hacer más que trabajos manuales?. ¿Qué provecho sacáis de ello?"

El cocinero se hecho a reír y me dijo:

"Mi buen amigo que venís del extranjero, ¡todavía no habéis comprendido lo que significa la práctica de la Vía y aún no sabéis lo que quieren decir las palabras y las letras!"

Su inesperada respuesta me lleno de confusión y de vergüenza y le pregunté: "¿Qué queréis decir con "las palabras y las letras" y que entendéis por "la práctica de la Vía"?

"Sí no titubeáis en estas preguntas esenciales, os convertiréis seguramente en un hombre de la Vía."

En ese preciso momento, era incapaz de comprender lo que quería decir, y agregó:

"Si no comprendéis, venid un día a verme al monte Ayüwang, examinaremos más de cerca la naturaleza de las palabras y las letras. Se hace tarde, el sol pronto se pondrá, debo darme prisa en regresar."
 
Se levantó y partió apresuradamente hacia el monasterio.
 
En julio del mismo año, mientras permanecía en el monasterio del monte Tien-t´ung, recibí un día la visita del cocinero del monte Ayüwang. Me dijo:

"Voy a dejar mi función al final del Ango y tengo la intención de volver a mi región. Cuando supe que estabais aquí, pensé en venir a saludaros."

Estaba encantado de volver a verle y le acogí con alegría. Tras hablar de unas cosas y otras dirigí la conversación a la discusión que habíamos entablado a bordo del barco en relación con las palabras y las letras y con la práctica, y me dijo:

"Una persona que estudia las palabras y las letras debe saber lo que es una palabra o una letra y aquel que se consagra a la práctica de la Vía debe comprender lo que quiere decir practicar" (...)


Este extracto pertenece a la traducción gratuita del texto completo en http://www.librosbudistas.com/

1 comentario:

  1. Cuando uno se rinde al Ahora, adopte la forma que adopte, cualquier tarea que desempeñe puede convertirse en auténtica práctica espiritual.

    Incluso la de repartir cartas...

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