viernes, 27 de febrero de 2015

Carlos Sisí y su intuición zen de la impermanencia


"Nada dura para siempre, eso es cierto, pero especialmente, la tristeza dura aún menos. Incluso la tristeza de la pérdida de las cosas que no duran para siempre; también esa. No consigo que persista. Me es volátil e inaprensible. Cuando se instala subrepticiamente en mi interior y la reconozco, intento disfrutarla, pero se produce entonces la paradoja de la Humildad, que cuando empiezas a hablar de ella, la pierdes. 

La tristeza enseña muchas cosas. Nos despoja, nos viste y nos desnuda, denuncia faltas, carencias, nos pinta sueños e ilusiones, nos susurra, nos grita y nos recuerda que nos movamos, que saltemos, o que superemos cosas y dejemos, por ejemplo, el pasado en el pasado. La felicidad enseña cosas, sin duda, pero la tristeza es más honda, es un profesor más obstinado e iracundo, y enseña cosas que la felicidad no puede.

La tristeza cambia palabras en tu diccionario y pone nombres nuevos. Escribe "Fin". "Duele", "Dónde está", "Nunca más". Por eso, cuando la identifico abriéndose paso en mi interior, en un descuido, se muere. Se muere, precisamente, porque he aprendido a celebrarla, y el aprender a disfrutarla la distancia, la aleja, la aparta, transforma su esencia y no se siente "triste". Tal vez sea esa la manera: Aceptar las cosas como son" 
(Carlos Sisí, 26-02-2015)

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